0502 - Burocracia

September 2026

Todo empezó con un problema bastante poco heroico: necesitábamos una licencia de mercenarios para poder circular por la ciudad alta sin que cada guardia nos tratara como delincuentes. Borgar estuvo averiguando dónde encontrar a un teniente —o al menos a alguien con autoridad suficiente para emitir el permiso—, pero la información no era precisamente clara. En esa ciudad, hasta pedir un trámite parecía requerir contactos clandestinos.

En el camino terminamos cruzándonos con gente vinculada a Nyxara. Yo no tenía demasiada experiencia con los bajos fondos, aunque quedó bastante claro que la verdadera influencia estaba en el Vélado. Eso, por supuesto, no nos ayudó a conseguir la licencia. Sí nos dejó metidos en una conversación sobre secretos, intermediarios y negocios turbios, que es la manera habitual en que empiezan las cosas que después salen mal.

Fue Pichón quien nos habló de la prueba de los tres espejos. Según él, había que pararse frente a ellos y observar qué ocurría. Si uno de los reflejos sonreía, significaba que uno tenía un secreto valioso, algo que podía interesarle al Vélado. No parecía una prueba especialmente confiable, pero tampoco teníamos muchas alternativas. En nuestra situación, cualquier método que no consistiera en sobornar a un funcionario ya contaba como progreso.

Así llegamos a la Casa de los Espejos. Allí había alguien detrás del mostrador, al que identificamos como Guazo, Lagarto o alguna combinación de ambas cosas. También podía ser el Lagarto Juancho, porque los nombres fueron cambiando según quién hablara. Le explicamos que necesitábamos respaldo para conseguir la licencia y, como era de esperar, nos preguntó qué estábamos dispuestos a ofrecer a cambio.

Más tarde tratamos directamente con el Agarto en su establecimiento. Le pedimos ayuda con la licencia de mercenarios y él decidió someternos a la famosa prueba de los espejos. Nos paramos frente a los tres, esperando descubrir si alguno de nosotros tenía un secreto extraordinario o, como mínimo, una expresión facial extraña. La prueba salió adelante y el Agarto concluyó que estábamos buscando algo valioso bajo la ciudad.

No era una deducción completamente absurda, considerando que efectivamente habíamos encontrado cosas ahí abajo. Entre ellas, un troll de tres piernas y brazos, además de goblins y coblins. La descripción no mejoraba demasiado la situación. Tampoco quedó del todo claro qué era exactamente el troll ni por qué tenía esa cantidad de extremidades, pero en ese momento ya habíamos aceptado que la normalidad no iba a participar de la expedición.

A cambio de contarle lo que sabíamos sobre el troll y los demás hallazgos subterráneos, el Agarto nos compartió un ritual prohibido. No fue precisamente el tipo de información que uno espera recibir cuando va a tramitar una licencia, pero sirvió para conseguir el respaldo necesario para los papeles. Técnicamente, habíamos avanzado en nuestra situación legal. Moralmente, la cosa era bastante más discutible.

Después fuimos al taller del lagarto, posiblemente Lizardi, aunque también podía tratarse del mismo Lagarto Juancho. Ahí descubrimos que había estado comerciando con fragmentos de tecnología antigua. Además encontramos pruebas de un artefacto robado y rastros de un polvillo químico relacionado con experimentos alquímicos. Todo indicaba que los secretos subterráneos y las actividades del lagarto estaban conectados de alguna manera.

Mientras investigábamos, nos interceptó un guardia policial. Nos exigió la licencia para circular, justo cuando más nos convenía demostrar que la teníamos. Por suerte, o por la intervención del Agarto, o porque el ritual prohibido había servido para algo, contábamos con el respaldo necesario para seguir adelante.

Así que la búsqueda de un simple permiso terminó llevándonos a espejos que podían sonreír, intermediarios con nombres dudosos, un troll de tres piernas, tecnología antigua robada, experimentos alquímicos y un ritual prohibido. Todo para poder caminar legalmente por la ciudad alta. No diría que fue un trámite sencillo, pero al menos fue memorable.

Obteniendo los certificados

Todo empezó, como suelen empezar las peores aventuras, con trámites municipales. Necesitábamos sellar unos papeles y conseguir permisos, así que fuimos a la municipalidad. Había una fila de cuatro horas, porque aparentemente la burocracia también tiene sus propias mazmorras.

En algún momento intenté explicarle la situación a un guardia, incluyendo el pequeño detalle de que necesitaba ir al baño. No parece haber sido un argumento particularmente efectivo. También terminamos hablando con un cobol, que preguntó por nuestros orígenes. No sé si eso tenía algo que ver con el trámite o si simplemente era una conversación normal en esa ciudad. A esa altura, ya nada me sorprendía demasiado.

Por suerte, alguien intervino para ayudarnos con los papeles y nos aclaró que todavía faltaba conseguir un sello. Para no perder nuestro lugar en la fila, le dejamos una moneda de oro a un anciano para que cuidara los documentos mientras yo volvía a hacer la cola. Una moneda de oro. Para vigilar papeles. En retrospectiva, quizá no fue la inversión más prudente de la jornada, aunque tampoco fue la peor.

Mientras revisábamos la documentación relacionada con el juicio, aparecieron detalles bastante delicados. Adler había convertido algo en piedra y además le había imbuido magia. No quedó del todo claro qué era exactamente lo que había convertido, pero sonaba como el tipo de cosa que uno preferiría no tener que explicar frente a un funcionario. También se había manipulado la mente del abogado sobrino para asegurarnos la defensa del viejo acusado de brujería. Todo muy legal, salvo por la parte de manipularle la mente al abogado, claro.

Cuando creíamos que con los sellos alcanzaba, descubrimos que para registrarnos como mercenarios también necesitábamos un retrato hecho por un artista certificado. Porque nada dice “profesionales confiables” como presentar una pintura oficial de uno mismo. Le preguntamos a un guardia dónde podíamos encontrar a alguien con esa certificación y nos recomendó buscar al Maestro Valerian, que estaba en la posada de Calis de Bruma.

Antes de ir por los retratos, pasamos por la Forja Bandur para hablar con un comerciante y negociar contratos. La conversación no produjo nada concreto. Fue una de esas negociaciones en las que uno se acerca con expectativas y se va exactamente con la misma cantidad de información, pero habiendo perdido tiempo.

Finalmente encontramos a Valerian en la posada. Después de persuadirlo —o engañarlo, según cómo quiera uno describirlo— aceptó hacernos los retratos con bastante rapidez. Al principio pidió cincuenta monedas de oro por persona, pero conseguimos bajar el precio a treinta. No sé si fue una gran negociación o si simplemente había decidido que quería terminar con nosotros cuanto antes, pero aceptamos.

Ahí apareció el verdadero dilema de la jornada: ir al juicio o quedarnos a pintarnos. En teoría, el juicio parecía importante. En la práctica, el retrato era un requisito concreto, tenía precio negociado y estaba el artista delante nuestro. Así que decidimos priorizar las pinturas. Creo que esa decisión resume bastante bien nuestro criterio de prioridades.

Más tarde estuvimos observando el mercado público. Había vendedores ofreciendo contratos de forja y otros esquemas comerciales parecidos. No recuerdo que de ahí saliera nada especialmente útil, pero al menos pudimos mirar cómo la gente intentaba vendernos cosas con la misma seriedad con la que la municipalidad nos exigía sellos.

También volvimos a interactuar con Valerian. El hombre demostró que sabía lo que hacía, así que, por lo menos, no habíamos gastado treinta monedas de oro por cabeza en una caricatura mal hecha. Terminamos hablando de su habilidad, de un diario de la ciudad y de algunas noticias, entre ellas una mención a Víctor Salazar.

Al final, la jornada consistió en hacer filas, explicar problemas sanitarios a guardias, dejarle una moneda de oro a un anciano, revisar documentos vinculados con magia y manipulación mental, negociar contratos que no llegaron a nada y pagar para que nos retrataran. Todo para registrarnos como mercenarios. La aventura, por ahora, tenía más sellos que espadas.

La cosa empezó con cinco retratos. No parece el comienzo más digno para una aventura, pero así fue. Un kobold se puso a pintar, con bastante entusiasmo y una calidad discutible, aunque hubo quienes compararon las obras con Goya y hasta con *How I Met Your Mother*, por razones que todavía no termino de entender. En una de las pinturas aparecía sangre en una daga y también se mencionó al sargento fallecido, así que el trabajo tenía una temática bastante alegre.

Cuando terminamos los cinco retratos, quedamos esperando otras setenta y cinco piezas de oro. O eso entendimos. En general, cobrar era más difícil que pintar.

Después nos fuimos a la Ciudad Mara o Fadas, según quién lo contara, para esperar durante la noche. La ciudad estaba tensa, aunque no de una manera particularmente novedosa. Como no teníamos nada mejor que hacer, decidimos ir a Asiámara a buscar a Borgar. Él no sabía qué estaba pasando y nosotros, en cambio, ya empezábamos a tener una idea bastante incómoda.

Encontramos a Borgar junto con Arturo, al que todos llaman “El Pelado”, y ahí nos enteramos de que nos estaban buscando por la ciudad. No era exactamente el tipo de reconocimiento que uno espera después de pintar cinco retratos. Empezamos a discutir opciones para pasar desapercibidos: disfrazarnos de surfistas, de gente de K-pop o directamente hacer los trámites legales correspondientes. La estrategia no era muy sólida, pero al menos tenía variedad.

Terminamos yendo al Ayuntamiento para conseguir licencias. Para eso necesitábamos los retratos, así que por una vez resultó útil haber pasado tanto tiempo discutiendo si el kobold tenía talento o simplemente una confianza desmedida. En el Ayuntamiento nos atendió un individuo al que identificamos como Dracón, o algo parecido. Era un elfo muy longevo y hablaba de asuntos importantes relacionados con espías del norte. Eso suele ser una señal de que el trámite va a durar más de lo previsto.

Dracón me pidió que contactara al Maestro Cassian Balté Castimiro, en el Templo del Moradi. No sé si la indicación era sencilla o si los nombres largos hacen que cualquier encargo parezca más importante. En cualquier caso, acepté.

Fuimos a la iglesia, que estaba frente a la plaza, y ahí encontramos a Adler Gómez metido en una discusión bastante tensa entre los altos jerarcas del templo y un peregrino. En realidad, por cómo estaba la situación, parecía que todos tenían algo que reprocharse y nadie demasiadas ganas de escuchar.

El peregrino habló de la Orden Carmesí y soltó una información bastante más grave que cualquier problema con licencias: Victor Salazar había sido asesinado cruelmente en el Norte mientras llevaba la causa del Reino del Sur. Adler quedó involucrado en la discusión y nosotros nos llevamos el dato, que era de esos que uno preferiría no recibir, pero que después resultan imposibles de ignorar.

Luego seguimos hacia la Casa Gremial para encontrar a Cassian Balté Castimiro. Cassian confirmó que era un enviado del Templo de Ren y ofreció ayudarnos discretamente. La parte de “discretamente” era importante, porque a esa altura ya nos estaban buscando y cualquier anuncio público de nuestra presencia habría sido una forma bastante eficiente de empeorar las cosas.

Más tarde llegamos al puerto. Gregorio y Adio intentaron subirse al barco de unos navegantes que iban hacia el norte. Al parecer eran tres, aunque en algún momento la cuenta terminó reduciéndose a dos, posiblemente porque incluso los navegantes estaban teniendo problemas para organizarse. Los otros tipos los estaban presionando y la escena tenía todo el aspecto de una fuga improvisada.

Ahí descubrimos que Adio estaba desesperado por conseguir una licencia de mercenario y que necesitaba respaldo del gremio. No era una necesidad menor, aunque tampoco parecía tener una solución particularmente ordenada. Los navegantes, por su parte, tenían un documento antiguo que podía servirles, pero necesitaban falsificarlo o encontrar la forma de usarlo para que no los detuvieran en el Norte. Como plan, era bastante ilegal. Como alternativa, aparentemente era lo mejor que tenían.

Nos quedó más claro quién era quién: Adio era un mercenario, los navegantes eran —en algún sentido— dos o tres personas con un barco y documentos dudosos, y nosotros estábamos en el medio tratando de decidir si todo aquello podía salir mal. También discutimos la posibilidad de contratar a Adio, siempre que pudiéramos comprobar que era confiable. La idea de verificar la confiabilidad de alguien después de verlo desesperado por una licencia y tratando de escaparse en un barco no era exactamente tranquilizadora, pero tampoco estábamos sobrados de opciones.

En algún momento apareció una pista todavía más extraña. Alguien había encontrado una llave oxidada junto con información sobre artefactos robados relacionados con la Orden Carmesí. La pista apuntaba a un mausoleo en el cementerio. No fuimos todavía, pero quedó anotado. En nuestra experiencia, las llaves oxidadas casi nunca abren algo agradable.

Antes de retirarnos, decidimos hacer un seguro por el edificio del Gremio. Era una medida sensata, considerando la cantidad de problemas que veníamos acumulando. También era la clase de decisión que uno toma cuando ya empieza a asumir que el edificio puede terminar destruido.

Cerca del Gremio nos cruzamos finalmente con Roberto. Hubo menciones a Borgar y al pasado de Ereo, o del Teniente Gorak, según cómo se lo nombrara. Como casi todo en esos días, los nombres no estaban del todo claros, pero sí quedó claro que había asuntos viejos que todavía seguían dando vueltas.

Así terminó la jornada: con cinco retratos hechos por un artista local, setenta y cinco piezas de oro pendientes, licencias a medio conseguir, una orden secreta, un asesinato en el Norte, navegantes con documentos dudosos, un posible mercenario, una llave oxidada y un seguro para el gremio. No fue nuestro día más organizado, pero al menos nadie dijo que había sido aburrido.

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